
Era otro día cualquiera en las criptas de Camposanto, de vez en cuando salen nuevos renegados de las fosas comunes en busca de saciar su apetito. Se les cobija, arropa y mandan a limpiar las tierras de las continuas refriegas de la Plaga. Algunos conservan parte de su humanidad y lloran a los caídos. Otros, sin recuerdos, parten como marionetas a cumplir sus objetivos.
Casi como el pan de cada día, dos jóvenes renegadas salen de una tumba familiar y caminan sin sentido alrededor de ella, completamente inofensivas. Un sacerdote de la zona se acercó a ellas cogiéndolas por los brazos y guiándolas a la taberna, una de ellas llevaba en su rostro unas correas de cuero que le impedían ver, por lo que el sacerdote dedujo que debía pertenecer a la iglesia o alguna escuela de magia. Leyó la tumba fugazmente y pudo identificar la familia que yacía en ella. Una vez en la taberna las hizo comer carne fresca a la cual no hicieron ningún asco y les dijo sus nombres hasta ahora olvidados en una lengua, que por raro que les pareciera, no tardaron en entender.
-Sois Aikise - dijo señalando a la que parecía más joven- y Olvar Yavanna -señalando a la otra- Setaspicantes. Erais de una familia trabajadora, si, si, os recuerdo, vivían cerca y eran cultivadores de champiñones. Disfrutad de la comida y luego id a verme a la pequeña capilla que hay enfrente.
Aikise y Olvar estaban bastante descuidadas y carcomidas por los gusanos. Sus melenas llenas de tierra y destrozadas, la de Aikise mantenía un color marrón, posiblemente fuese morena en vida, y Olvar lucía un pelo verdoso e igual de largo que su hermana. A pesar de que Olvar llevara las correas en la cara nadie insistió para quitárselas, por lo que ésta solía levantar un poco las correas para mirar por donde iba.
El tiempo era tranquilo, habían pasado muchas guerras y el lugar estaba en ruinas. Haciendo caso a la invitación de aquel sacerdote, las hermanas se dirigieron a la capilla. Aikise recuperó el ánimo perdido como por arte de magia y ahora parecía más viva que... muerta. Olvar seguía a su extrovertida hermana, siempre escudada tras su presencia daba la sensación de ser tímida y retraída.
-¡Vamos hermanita! ¡con ánimo, con ánimo!- no paraba de decir Aikise.
Una vez en la capilla el mismo sacerdote renegado se les acercó para, amablemente, explicarles su situación actual de no-muertas. Aikise se ensombreció y entristeció durante bastantes días; Olvar, en cambio, parecía seguir igual, pensativa, distante e intentando que su hermana volviese a la normalidad, no entendía aquello que su hermana llamaba "tristeza" o "pena". Solo sentía preocupación por ella.
A pesar de todo, Aikise recuperó su ánimo y pronto las hermanas se dispusieron a ayudar en Camposanto. El sacerdote encomendó a Aikise a un maestro Mortacechador, pensando que gracias a su cuerpo delgado y jóven podría apañarselas bien siendo una de ellos.
Sin embargo para Olvar tenía otra tarea, la mantuvo unos días bajo su tutela mientras rebuscaba en unos papeles el nombre de la joven renegada.
-Sé que pertenecías a la iglesia, pero no logro encontrar tu nombre en los registros de esta humilde capilla. Te voy a mandar con tu hermana al pueblo de Rémol, ella ya ha terminado su instrucción y no tendréis problemas por el camino. Quizás allí pueda alguien encontrar tu nombre en los registros eclesiásticos.-dijo el sacerdote.
De este modo las hermanas cogieron sus escasas pertenencias y partieron hacia Rémol.
Por el camino encontraban a gente que requerían de los servicios de Aikise, por lo que tardaron varios días en llegar al pueblo. A veces Olvar tenía ataques que la hacían sentirse mal, lloraba, se enfurecía sin razón o se reía de su hermana sin motivo ninguno. Durante un corto tiempo Aikise la denominó "Histérica", un buen apodo por entonces.
Una vez en Rémol, Aikise dejó a su hermana en lo que parecía el ayuntamiento y salió corriendo a la taberna a por trabajos que hacer mientras se encontrasen en esas tierras.
-¡Volveré a buscarte en la noche! ¡Espero que te encuentres! Hahahaha-Dijo Aikise mientras corría hacia la taberna.
Olvar sonrió a su hermana y se introdujo en el edificio. Dentro encontró a una renegada bien parecida y acicalada, haciendo un esfuerzo la saludó.
Continuará.
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