domingo, 2 de mayo de 2010

Parte 3 "Entrañas, dulce Entrañas" Parte 2

Parte 3
"Entrañas, dulce Entrañas" Parte 2

Después de haber tenido la experiencia pescando, Olvar decidió conocer un poco más esa zona de la ciudad.
Mirando por los alrededores pudo ver muchos y diversos puestos. Algunos aceptaban aprendices para su oficio y otros vendían cosas de lo más curiosas, como bolsas para muestras.

Sin saber exactamente por qué, acabó en una biblioteca, o al menos eso parecía. Pasó de largo siguiendo el camino circular mirando de reojo al supuesto encargado de ésta.

No teniendo muy claro que hacer decidió dirigirse a la posada y aletargar hasta la mañana siguiente.

Las noches de la ciudad no son, ni mucho menos, tranquilas. Los vendedores siguen con su rutina en la penumbra e incluso la cocina sigue activa para los incansables viajeros y visitantes. Viendo perturbado su letargo con tanto ruido y poco acostumbrada a él decidió experimentar una noche diferente.

Se dirigió hacia la parte baja del centro de la ciudad y mientras observaba se sentó en uno de los pasos exteriores lanzando un cebo al turbio alcantarillado.

Un pez con mala pinta.
Un boquilargo.
Otro pez.
Y otro.

Parecía que en esas aguas poco podía sobrevivir a excepción de los extraños peces y los boquilargos. Mientras miraba decepcionada hacia el cebo que flotaba en el agua un renegado se le acercó.

-¿Buena pesca?

Olvar observó al recién llegado. Iba encapuchado y con una toga roída y rancia, como cualquier renegado de la ciudad sus ropas no eran nuevas. Llevaba una cruceta en el rostro y por debajo de su capucha no asomaba pelo alguno.

-Si a esto llamas buena pesca...- Comentó mientras señalaba el pequeño montón de peces a su lado.

-Claro que es una buena pesca, lo peor que puede pasar es que no saques nada de estas aguas- dijo el renegado con un tono de risa mientras observaba a la renegada que no reconocía.- Dime, ¿buscas trabajo?. Pago bien y no es nada complicado. Visto que no tienes nada mejor que hacer que estar pescando en este puente doy por hecho que aceptas. Claro que si. Ven que te explico que tienes que hacer.- El renegado comenzó a caminar sin darle tiempo a Olvar de reprochar o responder.

Olvar asombrada e intrigada siguió al encapuchado por las calles de la ciudad, con una red de pescados al hombro y la caña sujeta a su espalda. Pensó por un momento que la silueta del renegado le recordaba a alguien pero en ese instante no sabía exactamente a quien.

Caminando y caminando llegaron a la biblioteca por la que momentos antes había pasado Olvar.

¡Por supuesto! -pensó- Seguro que es el encargado que vi antes. ¿Me pedirá que le ayude con los libros?.

Al llegar, el renegado le hizo una seña a Olvar para que tomase asiento y procedió a explicarle el trabajo que tenía para ella.

-Es fácil, solo tienes que vigilarlos y avisarme de lo que veas que pueda no cuadrar. Como nuevos ingresos, gente que se marcha, los que mueren, los que regresan... ese tipo de cosas. A menos claro que te mande algo más particular. Por ahora es solo eso.

Olvar permaneció callada escuchando lo que el renegado le decía. ¿Podía fiarse de él?. Es un bibliotecario será por meros registros.

-Una... cosa- titubeó Olvar- ¿Cómo debo llamarle?

-Oh, con bibliotecario va bien.- Dijo el renegado con algo de desdén mientras ojeaba un libro que había en un pedestal.

-¿Y a quienes ... debo vigilar?- Dudó Olvar por un momento.

- Torpe de mi, claro. ¿Cómo vas a comenzar a trabajar en tu estado? - Dijo el bibliotecario observando con detalle a Olvar.- Dime, ¿Te has decantado por algún oficio? En esta ciudad hay muchos maestros que buscan aprendices.

-No y... poco me interesa. Voy a dedicar toda mi vida al sacerdocio.- Dijo muy segura de su respuesta.

-¿Toda tu vida? Será toda tu no-vida. Y créeme cuando te digo que no va a ser precisamente ni corta ni entretenida. Lo mejor que puedes hacer es decantarte por tener un oficio aparte del sacerdocio. Estudiar y mejorar al igual que la paciencia y la disciplina son esenciales para cualquier renegado.- El bibliotecario recitó esto como si se tratara de una lección de escuela. Le trajo algunos recuerdos que reprimió y continuó observando a la joven Olvar.- Ya sé, serás mi aprendiz. ¿Qué te parece? Puedo enseñarte como ser una buena rata de biblioteca.

-¿Rata? ... ¿De biblioteca?-Preguntó consternada.

-Claro, todos los trucos para ser un erudito, te dediques a lo que te dediques. Pero primero no sería mala idea inscribirte en la Sociedad Real de Boticarios. Dan suculentas recompensas por llevarles cualquier cosa que encuentres o traerles ideas frescas.- De esta manera el bibliotecario salió otra vez al paso hacia el Aphotecarium.

Olvar le siguió rápidamente, dejando la caña y los peces en la biblioteca. Ambos cruzaron el barrio de la magia en dirección norte y continuaron por el circular camino hasta llegar a la otra zona, el Apothecarium. El ambiente estaba lleno de olores, colores, explosiones y gritos, completamente sobrecargado de los tres primeros.

Siguiendo las indicaciones del bibliotecario cruzaron el puente hacia la otra orilla y continuaron un camino que bordeaba a una mole muy parecida a una babosa que colgaba del techo y desprendía, por una boca orientada hacia el suelo, un liquido muy parecido al que había en los ríos que rodeaba la ciudad. Un renegado muy bajito saludó al bibliotecario con efusividad desde su corta estatura.

-Es un gnomo,- comentó el bibliotecario cuando estuvieron algo lejos- por tu cara diría que no recuerdas nada de tu pasado.

Olvar asintió y se dio cuenta de que, a pesar de sus correas, sus expresiones son fáciles de adivinar. No había dejado de observar a aquel gnomo renegado hasta que el bibliotecario le dirigió la palabra.

Continuaron caminando y bajaron por unas escaleras, aquí los gritos eran más intensos y se oían más explosiones. Habían algunos renegados corriendo de un lado para otro llevando viales de múltiples colores, colgados de enormes ganchos se encontraban pedazos de las moles que custodiaban la ciudad, ninguno parecía mostrar signos de vida y el olor a carne putrefacta invadía la enorme sala hasta el mínimo rincón. Repartidas por la sala, múltiples mesas de alquimia desprendían humaredas y chispas que sobresaltaba a algún miembro de la sociedad que iba con prisas de un lado para otro.

Continuará.

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